Eva Violán
Quiosco en Navidad Una idea brillante

UNA IDEA BRILLANTE

UNA IDEA BRILLANTE

—Señor, regálame una idea brillante para salir de la miseria.
Muchos le solicitarían directamente un cofre lleno de monedas de oro, en la insularidad era lo más apropiado; y los más prácticos, lingotes. Tal y como está su valor, sería una buena opción, aunque incómoda en el traslado. ¿Quién va, hoy en día, arrastrando un arcón? ¿Cuánto tardarían en robárselo? ¿Y la pereza de los piratas? ¿Quién tiene un cuarto para guardar ese tipo de cosas pesadas, si no hay sitio ni para una estantería, si cada vez que compra un libro tiene qué decidir cuál debe regalar?. Otros, pedirían ganarse la lotería, pero eso supondría ser rico sin merecerlo. Ella no, ella no solo quería cicatrizar esa herida abierta que la pobreza sangraba cada día, cada hora que pasaba sin generar ningún dinero, como una menstruación eterna. Ella quería hacerlo con dignidad, y salir de toda esa mierda de creer que el mundo es un lugar mágico, y de que todo mal es por algo bueno que vendrá. Porque llevaba diez años sin atisbar placer, y una de dos, o estaba ciega o era tonta.
Su vecina Rosa, la de los rezados, tenía claro que lo que le pasaba era que le habían echado un “mal de ojo”, siempre que oía esa expresión se imaginaba a alguien que iba por la vida parpadeando solo de un ojo y mirando mal a la gente. Qué oficio más ingrato. Le pasaba lo mismo que cuando oía lo de que tiene “pie de atleta” pues suponía a alguien al que le bailaba tan solo un pie, un pie completamente independiente quería echar carreras todo el rato, mientras el otro pie lo miraba atónito. Esa persona, en su conjunto, avanzaba a destiempo, ausente de toda coordinación, infeliz.
Aquella mujer rezaba en bajito y luego no paraba de bostezar, mientras le salían las lágrimas. Una mezcla entre sueño y pena que le asustaba. Luego había que curarla del susto. Y vuelta otra vez a rezar. A su madre le daba mucha tranquilidad vivir cerca de Rosa, como si tuviera asegurada la inmortalidad. No habría podido escapar de esa mirada inquisitiva, de la omnipresencia constante mientras su madre siguiera viva. Y aunque ya era toda una mujer, le seguían recorriendo escalofríos cuando se sentaba en la ventana para ver a la gente pasar y se quedaba mirándola. El romero olía a doña Rosa, no al revés.
Se llamaba Laura por culpa de Roberto Carlos y su Lady Laura, patético. Se sentiría mejor si su madre hubiera escuchado más a Serrat y la hubiera llamado Lucía, porque suponer que le hubiera puesto Vanessa por el poema de Jonathan Swift, ya sería mucho pedir.
En la isla, en el terruño más al sur de la Europa política, era muy probable que todos los habitantes estuviesen bajo la influencia de ciertos gases tóxicos que desprendía el Teide, que además de ser el pico más alto de España, lo llamativo era que, como buen español, solo estaba echando una siesta y despertaría en cualquier momento. Era fácil achacarle a los gases tanta incoherencia. ¿Por qué seguía viviendo allí, bajo los tres mil setecientos metros de amenaza y no se había largado de una vez por todas? Solo doña Rosa lo sabría, o Dios, que era lo mismo. Quizás fuera como el que vive a un puente de maderas podridas de la ciudad y lo cruza todos los días. Llegaría un punto en que sea tan natural cruzarlo como lavarse la cara, sin pensar en el peligro. Asimismo, lo más probable, es que los canarios padecieran cierta enfermedad rara y uno de los síntomas típicos fuera un optimismo anormal.
Quizás Laura, embriagada también de gases, hubiera hecho esa petición bajo el influjo del positivismo anómalo que bañaba estas playas. Tan solo quizá, por eso, estábamos en Diciembre a veinticinco grados mientras el resto, el norte del mundo, se tullía de frío.
En el sur del sur, Laura había decidido que esa noche sería la última vez que se lamentaría de su falta de iniciativa, como Escarlata O’Hara que nunca más volvería a pasar hambre pero sin Tara, sin vestido de terciopelo, y sin el puñado de tierra escurriendo entre los dedos. Tampoco podría volver a pedir esa clase de deseos a alguien que no le escucha, o que, supuestamente, emite unos sonidos imperceptibles al oído del mortal de turno. El sonido de las esferas, por lo visto, solo es interceptado por las Rosas que hay en cada barrio.
Así, con una papa arrugada, cuatro castañas guisadas con anís estrellado y un vasito de vino de don Santiago, terminó con la maresía que amenazaba sus navidades. O la premura de tener, justo hoy, una idea brillante.

Eva Violán.

Feliz Navidad, o lo que sea que celebren, pero celébrense que son dos días.
Foto Plaza del Quiosco o de Anita. La Orotava. Navidad 2017.

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