Eva Violán

QUERIDO PROFESOR:

“Querido profesor: mi hijo tiene que aprender que no todos los hombres son justos ni todos son veraces; enséñele que por cada egoísta hay un generoso.
También enséñele que por cada enemigo hay un amigo y que más vale una moneda ganada que una moneda encontrada. Quiero que aprenda a perder y también a gozar correctamente de sus victorias. Aléjelo de la envidia y que conozca la alegría profunda del contentamiento.
Haga que aprenda la lectura de buenos libros sin que deje de entretenerse con los pájaros, las flores del campo y las maravillosas vistas de lagos y montañas.
Que aprenda a jugar sin violencia con sus amigos; explíquele que vale más una derrota honrosa que una victoria vergonzosa; que vea en sí mismo y sus capacidades aunque quede solito y tenga que lidiar contra todos.
Enséñele a ser bueno y gentil con los buenos y duro con los perversos. Instrúyalo para que no haga las cosas porque simplemente otros las hacen, que sea amante de los valores. Que aprenda a oír a todos, pero que a la hora de la verdad decida por sí mismo.
Enséñele a sonreír y mantener el humor cuando esté triste y explíquele que a veces los hombres también lloran. Enséñele a esquivar los gritos de las multitudes que sólo reclaman derechos sin pagar el costo de sus obligaciones.
Trátelo bien pero no lo mime ni lo adule, déjelo que se haga fuerte solito; incúlquele valor y coraje pero también paciencia, constancia y sobriedad. Trasmítale una fe firme y sólida en el Creador; teniendo fe en Dios también la tendrá en los hombres.
Entiendo que le estoy pidiendo mucho, pero haga todo aquello que pueda”.
Esta carta fue escrita en 1830 por Abraham Lincoln.
En aquel entonces los padres depositaban la educación de sus hijos en el profesor, claro que ésta era para unos pocos privilegiados. Afortunadamente, ahora es obligatoria al menos hasta una edad determinada.
“Querido evaluador, le hablo desde el alma de una madre que además de atender las necesidades básicas de sus hijos, trata de cubrir también las más elevadas. Que en el ejercicio de proporcionarles lo mejor de mí, me he visto envuelta en estos últimos años en un asunto del que hace poco he despertado y le voy a explicar: Todo comenzó en el último año de infantil, cuando mi hijo aprendió a leer. Y me hallé dedicando a esta labor media hora después de las cinco de la tarde que salían del colegio. Debía enseñarle a leer, para que al día siguiente leyera con usted y si lo hacía bien pasaba de página. Luego siguieron los años de primaria, donde tenía que sentarme con él a veces hasta dos horas, y me descubrí enseñándole a estudiar, a crear frases, a repetir vocabulario en inglés con un cd que me habían proporcionado los libros que le compré, para sumar y restar tuve que pedir cita con usted y me explicara como lo hacía pues ya no era como mi profesor me había enseñado en su día, sí, me enseñó mi profesor. Y me hice de un grupo de Whatsapp de madres, y gracias a eso cuando mi hijo olvidaba apuntar las tareas, las recuperaba para que no le pusiera un negativo. Y tuve que poner internet en casa porque mi hijo traía tareas de descargar información y fotografías, por lo que también tuve que comprar una impresora. Además de un control parental, para que no pudiera navegar a su gusto, pues lo hallé buscando en Google si Papá Noel, o el Ratón Pérez existen. Y muchos fines de semana me encontré comprando material para fabricar cualquier cosa: la vía láctea, la maqueta de un mercado, por poner algunos ejemplos. Para luego quedarme completamente sorprendida de los trabajos de los compañeros de mi hijo, que traían verdaderas obras de arquitectura, que por supuesto no estaban hechas por niños de 7 años, y por los que recibían mejores notas que los churros de mi hijo, propios de un niño de su edad.
Pero hace poco desperté, fue justo cuando mi segundo hijo debía aprender a leer, coincidió que también vi en Facebook uno de esos cartelitos (millones de veces compartidos) donde el profesor se queja de que los padres debemos mandar al colegio a nuestros hijos educados, y que su trabajo es enseñar. Me va a permitir que le diga, que soy pluriempleada como ama de casa y también trabajo fuera como usted. Desde por la mañana que dejo a mis hijos en el colegio no vuelvo hasta que los recojo por la tarde, y los tengo que llevar a clases extraescolares (como se llama ahora) para que practiquen deporte. Luego de esperar a que terminen llegamos a casa, y es entonces cuando me hago la pregunta: Si yo tengo que educarles porque ese trabajo ya no les corresponde, si yo tengo que enseñarles porque ustedes dicen que no tienen tiempo de hacerlo con 27 niños en una clase… ¿Me quiere explicar por qué merecen un sueldo si yo estoy haciendo su trabajo?

Comprenda querido evaluador, que vengo de ser educada en clases de más de 40 niños, donde los profesores nos enseñaban y nos educaban también. Los padres apoyaban, pero jamás se sentaban con nosotros, y si les preguntaba el significado de alguna palabra me respondían que la buscara en el diccionario. No fui una niña de sobresalientes hasta que llegué a la universidad. Pero todo lo que hice me lo gané a pulso. Mis notas eran mías solamente. Me produce lástima ser testigo de sobresalientes compartidos, de niños que tienen a sus madres de secretarias, no pienso ser una de ellas ni un minuto más. Tampoco estoy dispuesta a escuchar: De usted depende que su hijo saque este curso con éxito. Tal y como me relataba una amiga el otro día. ¡No dependería de mí si no hubiera colgado el hábito, para disfrazarse de evaluador, pero cobrando como profesor!

Comprenda querido evaluador, que soy hija de maestra, de las que, cuando la enseñanza se convirtió en obligatoria, salía en busca de los niños que no habían acudido al colegio y los sacaba de los campos después de advertirles a sus padres que les caería una denuncia como eso volviera a suceder. La educación de su hijo estaba por encima de la recogida de la papa. Fui espectadora de cientos de reuniones de profesores vocacionales, de los que habían creado sus propios sistemas educativos, de los que se emocionaban llenando la clase, de los que echaban las tardes de tiempo libre ideando la manera de hacer que leyeran más sus niños, porque en aquella época los niños también eran de ellos.
Lo peor, querido evaluador, es que como debo hacer su trabajo, apenas me queda tiempo para las necesidades más elevadas de mis hijos, tal y como comencé esta carta: enseñarles a pensar, a descubrir, a que sepan que no hay límites ni en el conocimiento ni en la creatividad, y a todas aquellas que relataba en su carta el señor Lincoln. Debo regar su mente de libertad para que no se conforme y aspire a mejorar lo que ha recibido.
“Entiendo que le estoy pidiendo mucho, pero haga todo aquello que pueda, trate al menos de hacer lo que hicieron otros antes que usted, y rebusque en su interior que con suerte hallará al maestro, al profesor, que lleva dentro”
No deleguen en los padres lo que ustedes deben hacer.

Eva Violán

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