Eva Violán

NAVIDAD AL BORDE

Esta Navidad lo tenía todo bien organizado, había conseguido decorar un rincón del salón con el magnífico árbol que desprendía cierto olor a guardado, pero que se disipaba pues la humedad y el olor a tierra mojada se instalaba en nuestras nasales.

Planeé días de hacer galletas con las niñas aunque parecieran churros después de hornear, las llevé a un concierto de música clásica a pesar de que a los diez minutos ya estuvieran bostezando, a dos exposiciones de pintura y escultura, “no toques” fueron las dos palabras que repetí tanto que parecía una loca, les confieso que no percibí ninguna belleza en todo aquello.

Tuvimos tiempo, incluso, de ir a la feria del pueblo y de pronto me vi persiguiéndolas por una especie de casa llena de puentes que se movían, pasillos que rodaban hasta que un tobogán-tubo me vomitó en una rueda que giraba y con el modo hámster “on” salí como pude de aquella jaula.

Lo tenía todo previsto, llené los días de actividades enriquecedoras, leímos poesía bajo el árbol, deseamos salud y amor para la humanidad entera, bailamos con la coreografías de la wii que casi me dejaron exhausta, y los villancicos que me regalaron en el súper (que debían de ser de principios del siglo pasado) se convirtieron en la banda sonora de nuestro coche las tres semanas que duraron este año las vacaciones de navidad, lo divertido era intuir las letras.

Las cosas han cambiado mucho, ahora los peluches traen su aplicación para que les cuides, así que además de darle de comer al perro, y a los peces que se ganaron en la feria, también hay que atender al furby.

Este año todo iba sobre ruedas, en serio, estaba yendo mejor que cualquier expectativa que pudiera haber tenido aquel día de marzo que me propuse ahorrar para la vuelta al cole y la navidad. Hasta la noche en que cuando ya dormían, abrí las cartas que escribieron:
Queridos Papá Noel y Reyes Magos, este año quiero que me traigan “poderes de hielo”, y la más pequeña pidió “volar”.

Me redujeron, me sentí más pequeña que un piojo al que hubieran rociado con zeta-zeta. Me congelaron y no me quedó más remedio que volar. Y volé y volé hasta un recóndito lugar donde me entregaron los dos poderes que mis hijas querían.
Dos libros.

Escribir comentario

Sígueme

¡Contáctame! Me encanta conocer gente interesant y establecer nuevos vínculos.