Eva Violán

LAS HORAS MUERTAS

Las horas muertas
no se me concedieron.

Y cuando dejo rodar alguna como visillo de ventana,
aparece ante mí un mundo,
que no es el mío pues no se me está permitido perder el tiempo.
Lo espío, intrusa, quizás así para averiguar quién es el dueño.

¿Quién decidió las horas que no debo ocupar en mí?.

Y se me ocurre, en mis lapsos robados, que lo más probable es que sea yo misma.

Yo misma soy el ensayo de una ama de casa que lo único que consigue es un orden relativo, y tan efímero como el vaho en un cristal.

Soy el lamentable intento de empresaria que tiene que dejarlo todo en cuanto llaman del colegio.

El triste ejemplo de taxista con el coche lleno de migas de galleta, la enfermera ilegal, la maestra sin escuela.

Soy la división no exacta, el pretérito imperfecto.

El soldado en guerra, el armario anticuado, soy la ropa de la beneficencia.

La maleta sin viajes, la del pelo siempre recogido en un rosquete, la que tiene las joyas metidas en una caja porque para la vida diaria molestan.

Soy el disco rallado de una canción que no existe.

Un montón de noches sin vela, un buen puñado de bizcochones que no suben,

una madre
a todas éstas.

Una madre que lleva una mujer guardada.
Una mujer que mira a través del visillo ese otro mundo, el de las horas muertas, el de los tiempos que no me pertenecen,
pero que no cambio por éste.

Sí, lo sé, las madres estamos locas.

Tan loca como para creer, que a pesar de todo esto, soy la más buena, la más bella, la mejor…
porque lo dicen mis hijos.
Y yo…, no seré yo quién les lleve la contraria.

Y la mujer que habita dentro de mí puede seguir amontonada, coleccionada con todos sus zapatos de tacón, sus vestidos de fiesta y sus saltos de cama. Se conformará con seguir mirando de vez en cuando por la ventana para ver las horas muertas pasar.

Horas vivas,
horas vivas tengo, hasta para regalar.

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