Eva Violán
La justicia

LA JUSTICIA

La Justicia.

Acabo de verte pasar en tu coche de último modelo. Sí, la verdad es que me costó reconocerte. Te has cortado el pelo como un futbolista, con una cresta de gallito peleón. La diferencia es que ellos tienen veinte años y tú, exactamente el doble. Casi no te veo porque ibas bien rápido, y bueno, porque el fleco me ha crecido; no voy a la peluquería hace tiempo. Así que, entre soplido y soplido, te descubrí suponiendo que tienes la mitad de años.

Tú supones.

Pero yo supongo, también, que ese coche no estará a tu nombre. Alguien así podría pagarle la ridícula pensión alimenticia a sus hijos. ¡Ah no, ya me acuerdo, que aún eres un chaval! Que ahora resulta que vas de colega con tu hijo adolescente, que estás dando la vuelta al mundo a plazos, que tus redes sociales se llenan de fotos de comidas de diseño en los mejores restaurantes, y entre tanto, esa chorrada se te olvidó. Claro.

Pero cosas de la vida,

el semáforo enrojeció: sería de la vergüenza ajena de verte convertido en un machango, y eso, que no te ha visto cuando vas con la gorra puesta hacia detrás. El descapotable que lleva al descapotado (porque ya empieza a crecerte el pelo más atrás; y no, no es por el viento, sino por la edad), es amarillo, para que todos puedan verte. No pude evitarlo, te vi, lo pedías a gritos. Yo venía del supermercado, con las manos repletas de bolsas de comida (que no de gourmet) afanada en llegar hasta mi cuatro latas de un solo viaje. Las manos estranguladas por las bolsas, como me siento todos los meses cuando no puedo afrontar los pagos.
Debería de ir a por ti, derramarte los botes de leche en la tapicería, rayarte la mierda de coche ese. Escupirte en la cresta. ¡Pero es que soy tan educada!

Y yo, la justicia, crucé el paso de peatones,

reconozco que dudé, no fuera que te diera por pisar el acelerador. Pero luego me di cuenta que no me habías reconocido, que simplemente me he convertido en una vieja con la misma edad que tú pero con los años bien asumidos. Tú eres un moderno de pueblo, con ninguna responsabilidad más que ir bien depiladito, con ochenta pares de zapatos, y tropecientos trajes. Y yo soy una madre sola que empieza estar hasta los huevos (de la compra).

Uno de Nesquik y otro de Colacao.

Y es que cuando me dicen: —¡Pero qué injusto, no hay derecho! —No puedo ponerme un punto en la boca, y mira que lo he intentado, pero mis labios tienen vida propia, ¡a mi edad! Y entonces les contesto: —El juez en este país, tiene cuarenta años y va de pibito.

Saludos desde la calle,

La Justicia

Escribir comentario

Sígueme

¡Contáctame! Me encanta conocer gente interesant y establecer nuevos vínculos.