Eva Violán

LA DESPEDIDA DE CARMEN

Carmen tenía aún el camisón que le habían regalado en su boda, y una cama vacía envuelta en el juego de sábanas que bordaron a mano en La Palma hace más de cuarenta años. Se atusó el pelo con el peine de nácar y mango de plata frente al espejo de su tocador de caoba, que formaba parte del juego de cuarto. Ella en sí misma también hacía juego, pues el colágeno de su piel lo había ido perdiendo entre las esquinas de aquella casa de pueblo. El espacio que había entre el armario y el techo lo ocupaba una gran fotografía que les retrató recién casados. Y su Jesús en la cruz sobre el cabecero de la cama estuvo allí desde entonces.
Cada cosa había esperado a que él volviera, hasta hoy.
Y aunque hacía como quince años que se había ido de casa, en el fondo esperaba que volviera. Como había esperado que volviera cada vez que él se iba a Venezuela a cerrar negocios. Tal y como había esperado que volviera cada vez que salía con los amigos. Pero desde hoy ya no volvería.
Se perfumó y la habitación quedó envuelta en esencia de té verde y talco. El bolso negro de piel colgaba ya de su antebrazo, sobre la chaqueta de pata de gallo y la blusa de seda que su Antonio le había regalado.
Hoy era la viuda de Antonio, ella así lo sentía, el pueblo entero lo sabía, aunque los papeles dijeran lo contrario. Acudió al tanatorio y antes de sentarse en la silla más cercana para rezar por su salvación le dedicó unas palabras: ¡Qué equivocado estabas Antonio, pero qué equivocado…!

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