Eva Violán

LA CANCIÓN TRISTE QUE ME ENCANTA

Empieza la melodía más conmovedora; hay ciertas notas de las ochenta y ocho teclas de ese piano que te llegan a tocar la fibra más sensible. He llegado a pensar que quizás cada nota simboliza un recuerdo en el subconsciente. De manera que cuando escucho cuatro o cinco tonos reconoce mi interior algo familiar en él. Una suerte de nostalgia. Y me encanta.
¿Pero por qué adoro esa canción que me invoca tanta pena? ¿Acaso me gusta estar triste?

Nada más empezar la reconozco, pero no cambio de sintonía, sino que sigo cantándola, o mejor dicho: aullándola, mientras conduzco. Recorro las avenidas sin importarme que los demás conductores vean a una loca al volante abriendo la boca mucho más de lo apropiado; a estas alturas el protocolo lo he colocado en el salpicadero y me observa absorto.

En algún momento mi raciocinio sacó el pañuelo blanco por la ventanilla, y todo el mundo me deja pasar. Los de delante se apartan, los que van detrás guardan las distancias, los peatones esconden a sus hijos fuera de mi alcance visual.

No puedo darme cuenta porque voy poseída por la tristeza embriagadora de la canción. Algunos pensarán que seguramente me identifico por la letra, pero no, no es la letra, porque no tengo ni idea de lo que dice, mi inglés es por así decirlo: NIVEL BALLENO, queeee meeeeee tienennn queeeee hablarrrr asíiiiiii (vocalizando mucho, pero mucho) para entenderlo.

¿Y si no es la letra? ¿Cuál es la razón que me hace avanzar perturbada por esos tres minutos de melodía?

Pues ni la menor idea, pero ahí voy, agarrando el volante como si fuera el micro, haciendo del inglés mi lengua materna ¡y con qué gusto!

Seguramente ya habrán hecho estudios en alguna de estas universidades tan prestas a analizar el comportamiento humano, o a lo mejor les estoy dando la idea para que se animen a tratar el tema, aquí hay material para hacer una tesis.

¡Y cómo se contamina todo mi interior de esa frustración, de esa melancolía que sale a relucir durante los tres minutos de pena! Cuando hasta entonces yo era una mujer equilibrada, decidida, ocupadísima. Una madre coherente, justa. Pero llegó la canción triste y evolucioné como un Pokemon.

A mi hija, que va bien sujeta en la parte de atrás, se le ha caído la chupa, y ahora es un pez que abre la boca y la cierra tratando de hacer burbujas sin jabón, eso sí, en un mar de lágrimas por culpa de esta canción triste.

En un océano repleto de gente que solo es verdadera cuando suenan cuatro acordes, esos que se repiten una y otra vez enmascarados en títulos distintos, cantados en muchos idiomas, pero siempre interpretados por locas como yo que necesitan tres minutos de gloria, y nadar en melancolía de vez en cuando.

La canción triste que me encanta termina, me pongo de nuevo el protocolo, porque hoy hace sol y encandila.

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