Eva Violán
Justicia

DE JUECES Y SENTENCIAS ABSURDAS

DE JUECES Y SENTENCIAS ABSURDAS

 

“[…]Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.”, que diría Miguel Hernández en su elegía.

Rafael Catalá, ministro de Justicia del gobierno actual ha dado su opinión sobre el caso “La Manada” y, en concreto, sobre uno de los jueces. Ricardo Javier González, el juez propietario del fallo absolutorio; aunque mi instinto sugiere más apropiado el término: absolutista.

Catalá, critica al CGPJ (Consejo General del Poder Judicial) contra el que podría ejercer su “potestad disciplinaria” ya que al parecer el juez padece “un problema singular”, y luego, claro, de complicaciones singulares revierten sentencias singulares.

Ahora lo tachan de oportunista político; el CGPJ ha salido de su castillo impenetrable para declarar que el poder político no debería de entrometerse en lo que concierne al poder judicial. En otras palabras:

Catalá ha invadido los terrenos del castillo y se ha acercado a tocar el timbre; ahora, los propietarios le acusan de allanamiento de morada.

Pero resulta que don Rafael representa al pueblo, es el Ministro de Justicia, y la calle se pega fuego. La sociedad está cosida al teclado gritando: ¡Injusticia! ¡Injusticia! Y la calle arde. El ministro tiene dos opciones: quedarse a las afueras o tocar el timbre.

Decidió hablar, decidió opinar.

A mi juicio ha hecho lo correcto. Si callara no está representándome, a mí, que soy la calle. A pesar de que al señor Catalá se le pudiera sacar una lista de inacciones, esta vez me representó. Ha hecho bien. Un bien a medias, cierto, pues los tres magistrados se han pasado la ley por el forro, pero el colmo de lo inadmisible se lo lleva por goleada el magistrado González.

Aunque se diga, hasta la saciedad, que los poderes deben estar separados para que la democracia goce de buena salud. No implica que la justicia sea intocable; que debamos siempre acatar sus fallos, como la misma palabra indica, no significa que no pueda ser reprobada; que los más de cinco mil miembros que la componen sean intocables, incuestionables, ni dioses.

Son seres humanos e interpretan una ley que deja, demasiadas veces, la posibilidad de salir por peteneras, de interpretaciones absurdas, ausentes de cualquier resquicio de sentido común. Y de esto se queja la calle, me quejo yo. Pudiendo los jueces tergiversar una ley muy clara (acudan al Código Penal a leer en art. 178 al 180, no deja lugar a dudas) a favor de sus íntimas convicciones personales.

“Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.”

La ley deja el resto a la obviedad de unos magistrados a los que se les presupone, como dicen en mi tierra, dos dedos de frente.

“La Manada” ha sido la gota que colma el vaso, pero hay muchísimo más bajo ese tupido velo, tras los muros del castillo que han construido “los dioses”, tan ilusos, que no se han dado cuenta que son simplemente eso, mitos.

No me cabe la menor duda que dentro del poder judicial hay gente que desea que esto ocurra. Las comisiones de investigación deberían detectar estos virus antes de que se vuelvan enfermedades mortales. Los mitos no existen, tan solo están en nuestro imaginario. Los jueces deben adaptarse a ser lo que el pueblo espera que sean, aunque les pese, porque la democracia gozará de mejor salud si detecta los absolutismos, y los erradica.

Con la antítesis #JusticiaInjusta  podríamos desmontar mitos, demostrar que la justicia humana necesita de seres humanos coherentes, de los magistrados justos que este país reclama. Para no lamentar más muertes en vida, contar los avatares de jueces y sentencias absurdas.

“[…]que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.”

Eva Violán

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