Eva Violán

IMPRONTA

Hace días leí que los diseñadores Dolce & Gabbana dieron su opinión en cuanto al entorno más adecuado para que se críe un niño, expresando claramente que no era en una familia homosexual sino en una con padre y madre, con hombre y mujer.

A continuación se levantó un sector en contra de sus declaraciones, de oposición ante semejantes pensamientos. Luego comenzó una campaña de desprestigio de la marca de los autores, y un nutrido grupo de gente famosa se unió, y así hasta mi vecina del quinto publicó en su Facebook que: “jamás volvería a comprar una pieza de ropa de esos tipejos”.

Resulta que ella es una “roja”, concibiendo esta última palabra de la manera más romántica, puesto que jamás se ha visto involucrada en ninguna ofensiva, sino en unas cuantas manifestaciones, y con las mismas, de vuelta a su piso del quinto en propiedad. La aprecio mucho, pero no estoy de acuerdo con ella. Y jamás dejaría de ir a comprarle el pan a su tienda porque piense distinto a mí o a el de más allá.

De la misma forma, muchos de nosotros nos relacionamos diariamente con gente que es completamente opuesta, y se sorprenderían si indagáramos un poco en los que tratamos habitualmente. Quizás lo evitamos para no saber, preferimos no saber. En ese velo extraño nos protegemos.

Crecí en un país católico, era católico, siempre lo fue. Pero hace algunos años no paro de escuchar que vivo en uno laico. Y no he estado en coma, no he cambiado de país, ignoro cuándo ha ocurrido este cambio, qué o quién lo ha propiciado. Pero no pasa nada, yo sigo siendo la misma persona, y bien es cierto que con los años he cambiado de opinión en algunos aspectos según han sido mis experiencias.

Somos lo que nos ocurre,
no juzgo.

En esta sociedad global, una persona no puede verter su opinión personal porque se llenará de enemigos y le lloverán los insultos. ¡Es tan ridículo! Qué tendrá que ver lo que opinen con lo que hacen, reconocer que su trabajo es bueno, no quita que pueda o no estar de acuerdo con ellos. Me da absolutamente igual. He leído obras de autores que no me caen bien, y reconozco que escriben maravillosamente, por ejemplo.

Cuento con amigos de todas las religiones, con diferentes ideas políticas, de todos los estilos y culturas, he aprendido mucho de ellos y seguiré haciéndolo. Me asomo a sus vidas siempre con la curiosidad de saber más, adoro que no sean como yo, eso es precisamente lo que más me gusta. Me ayudan a ir conformando mis propias opiniones; a mí misma. Al margen de lo que les mueve, muy al margen, lo que miro es que sean buenas personas. ¡Hay buenas personas en todos los ámbitos, y no tienen que pensar lo mismo que tú! He cocinado para una familia judía, que se saltó el Sabbat por no rechazar mi invitación. Y comí pollo debidamente bendecido con un musulmán. ¿Cambia algo?

Por qué no podemos ser más comprensivos, ¿acaso no cabe la posibilidad de que su experiencia les haya llevado a tener unas conclusiones distintas a las nuestras? Por qué queremos que todo el mundo sea como nosotros, y si no, se convierten en enemigos, los contrarios, y desatamos la guerra sin ninguna necesidad. Por qué esa manía persecutoria, esa falta de respeto.
¿Por qué en vez de condenarles no tratamos de conocer cuáles son las causas de esas afirmaciones?

Se nos llena la boca de democracia y libertad de expresión pero a la hora de la verdad como la abras te caen encima. Qué hipocresía más grande.

Somos lo que nos ocurre,
no te juzgo.
Soy voz y oído de tu voz,
te escucho.
¿Por qué esta huella,
esta impronta?

Eva Violán

Fotografía:María Socas instagram: @m_socas

1 comentario

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