Eva Violán

HABRÍA SIDO UN DÍA ESPECTACULAR

Habría sido un día espectacular, metió dos goles en el recreo, la chica que le gusta le miró, no le llamaron para salir a la pizarra y Nacho le había dicho que era su mejor amigo.
Tocó el timbre y salió corriendo escaleras arriba, quería llegar de los primeros, un rato más de juego en la espera a que lo vinieran a buscar. Pero olvidó algo fundamental, hoy era lunes.
Cuando llegó al quicio del último tramo retrocedió. Había visto que ya estaba allí su padre, y no venía solo, también estaba su abuelo. Además un montón de niños que habían llegado antes que él, y un buen puñado de padres y madres tras la verja esperando a que abrieran para hacer la recogida.
Nacho frenó la carrera, y se atrasó con él, detrás de la columna.
—Joder, que mi madre no vino y está ese ahí, que no quiero verlo, que no quiero estar con él. ¡No me voy a ir con él, no me da la gana!— tirando la maleta al suelo para liberar algo de su rabia, se deja caer apoyando la espalda en la pared. Se tapa la cara con las manos y Nacho se queda en pie, como un verdadero soldado haciendo guardia, protegiendo al compatriota herido.
Espía el frente:—Está hablando con la cuidadora, no te extrañe que venga a buscarte, creo que te ha visto tío— Cierra con sus antebrazos y las rodillas una caseta que esconde sus lágrimas y mocos, las pecas que enrojecen del cabreo, la impotencia de los nueve años que no tienen voz en el juzgado.
Lucía le ha visto destruido y mira a Nacho preocupada, luego al padre de dos metros que bajaba las escaleras de dos en dos.
—¡Levántate de ahí ahora mismo y empieza a subir inmediatamente!— Y lo repitió tres veces, aunque las dos últimas sonaran como cachetones.
—¡No, no me voy contigo! ¿Dónde está mi madre? ¡Quiero que venga mi madre!.
A estas alturas, Gara la amiga de Lucía y Lucía, Roberto el portero del equipazo de fútbol de los recreos, los chavales de primaria (los pequeños porque él ya está en cuarto), Nacho arrinconado por si acaso le fueran a soltar también un moquete con las prisas por su defensa, y el resto de los compañeros, son testigos de cómo en volandas levanta al insumiso, lo sacude por los brazos, le coloca la maleta y lo saca a empujones, escaleras arriba del colegio.
En el aparcamiento, lo sigue arrastrando el padre por el brazo, dificultando la maniobra la frenada con los pies del insurgente, mientras el tierno abuelo de metro noventa lo va empujando por detrás agarrando por encima su maleta como si estuviera cogiendo un cachorro por su pellejo.
Habría sido un gran día de no ser porque cayó un valiente. De no ser porque la justicia no está representada en los jueces, que no tenga presupuesto para escuchar a un niño. De no ser porque no tuviera yo dos metros de brazo para romperle la boca a esos chulos. Y que un día más, nos fuéramos todos a casa con la boca amarga y el corazón partido. Y que un día más viéramos cómo se aleja el secuestrado llorando por ser mudo, o en realidad porque vive en un mundo de sordos y ciegos.
El miércoles quizás tenga ganas de aplaudir al chaval para darle ánimo, y es probable que sus impotentes compañeros de clase también se unan; quizás el viernes la armamos como a ese sin vergüenza le de por ponerle una mano encima a su hijo. Así a lo bestia, como es él.
Entonces sí que será un gran día.

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