Eva Violán
Faro de Caballo

FARO

Faro de CaballoFARO DEL CABALLO

Cantabria, Santoña. 1863.

Los presos recorrían cada día varios kilómetros atravesando el monte y luego el bosque de encinas para construir en el acantilado una escalera. El mulo que tiraba del carro para transportar las herramientas era otro sometido pero sin fecha de libertad. No era caballo ni tampoco burro, que como Manuel, no era considerado ciudadano ni tampoco esclavo. Unos meses a la sombra por romperle los dientes al patrón, que cuando bebía tenía por costumbre atentar contra las dignidades de sus marineros, le sirvieron para meditar. Había que respetar a un borracho porque era capitán, aunque fuera un beodo. Y por esa razón, por no ser asesino ni tampoco un santo, le incluyeron entre los que podía picar piedra en la Punta del Caballo para tallar unos peldaños de vértigo que terminarían en faro. Y debía alegrarse. Pero a Manuel como al mulo, lo único que se le despertaba era una mueca forzada.

Los ojos son del alma porque cuando no sonríen al tiempo que los labios, no es risa ni es nada.

El musgo que abrazaba los troncos de los árboles desprendía un color tan llamativo, que era como si, en vez de en un bosque, estuvieran dentro del tesoro de cualquier pirata. Esmeraldas. Manuel esquivaba las tonalidades como si fueran medusas, pues sabía que las más seductoras escondían siempre un peligro para el hombre. La espesa niebla no ayudaba, pero quedó atrás, pegada a las encinas.

El acantilado tentaba al mareo. Después de varias horas de trabajo se sentaban a descansar sobre los peldaños que no existían antes de su llegada. Santoña aparecía a la derecha del mar. Algunos árboles habían crecido en esa verticalidad creyéndose espinas de una rosa. Pero ni esas consiguieron que Adolfo cayera en un desliz abocado a la muerte segura.

—¿Cuántos más tendrían que precipitar su vida en aquella pared nevada de sal antes de terminar?—se preguntaba Manuel mientras mordía un pedazo de pescado seco y el agua dulce chorreaba por la comisura de sus labios queriendo ser río. La vida siempre hallaba la manera de demostrarles que no eran más que piezas de juego. Sustituibles.

Pero ninguno de aquellos hombres pensaba que hubieran nacido para perder. Sus veinte años le dieron tiempo suficiente para saber que el sometimiento de las masas era un arte nada desdeñable, y que muchos empezaban a ponerlo en práctica en casa, con sus mujeres.

El faro abrió los ojos en agosto para ser visto; y también, para ver a Manuel y a sus compañeros saltar al agua celebrándolo, a pesar de setecientos sesenta y tres escalones que de manera irónica coincidían con el mismo año en el que terminaron. Los que mantuvieron sus vidas íntegras volvieron al penal y el mulo al campo, a sus cosas de mulo.

El escalón desde donde perdió la vida Adolfo tenía un grabado de Manuel. No se sabe si el viento y el vapor de agua salina dejarían que fuera perpetuo. Un barco que tenía una vela en forma de A. Que bien pudiera ser de Adolfo, o quizás de amigo.

Año 1928.

Anjana sale de la fábrica, mientras camina se quita la pinza del pelo y agita la cabeza. Todo el día despeinando bocarte, ahora le toca a ella. Camina ligera por el pueblo hasta que consigue alejarse lo suficiente para echarse una carrera sin que las miradas le juzguen, sin que a fuerza de correr pierda lo que le queda de señorita educada y retome la tierra, la cántabra que cabalga sus venas. Conquista el monte, el bosque, y baja el risco hasta el faro. El farero del turno ya la conoce. Esta mañana, al amanecer, Vicente sabía que hoy tendría su visita, la mar calma les daba a los novios una oportunidad. Neco era aún el perfil de un barco a lo lejos, Anjana abrazaba el té en una taza de latón que le había preparado, al tiempo que acompasaba el ritmo de su corazón a la espera. La casa del farero tenía dos plantas y se había construido inmediata a la linterna cilíndrica en aquel último brazo después de bajar todos los escalones. En los días de bravura quedaba anegada a la furia del mar y el farero se jugaba la vida para que la luz encendida guiara a los barcos en la faena. Hoy, de nuevo, lo que se jugaba era la reputación, permitiendo que los novios se vieran a escondidas.

Vicente antes de ser farero había sido buzo, estuvo veinte años limpiando cascos, entre otros quehaceres de los buzos en los puertos. Tenía cincuenta y dos, habiendo superado la esperanza de vida de los de su antigua profesión. Lo dejó cuando oyó hablar de la necesidad de farero en la Punta del Caballo. Ni lo pensó dos veces.

Neco y Anjana se besan en el agua, se lanzan el uno a por el otro en la intimidad del fondo que hoy es cristalino. Vicente observa dos cuerpos.

Año 1993.

Ciento treinta años después, de haber sido alumbrado e iluminarlo todo, cerró los ojos.

Hoy

Al pie de una roca del fondo marino, queda un trozo de cristal redondeado que ya no encandila con la memoria emborronada de Manuel y de Aldolfo, de Vicente, de Anjana y Neco, y los demás olvidados. Ahora se deja llevar mientras, arriba, la maleza se come los recuerdos.

©Eva Violán

Fotografía concedida por Tono Reguera Menéndez, puedes visitar su galería en http://tonoregueraphoto.wordpress.com/

Fotografía antigua: F. Cholin.

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