Eva Violán

ESPEJITO, ESPEJITO… ¿QUIÉN ES LA MÁS LINDA?

Mi hija llegó a casa aquella tarde llorando del colegio. Me dijo que no tenía amigos porque en clase todos la llamaban gorda. Y mientras yo la consolaba diciéndole que estaba en pleno crecimiento, que cada persona es diferente y se desarrolla de forma distinta, ella se deshacía en lágrimas entre mis brazos.
‒ Tú me dices que no estoy gorda porque no quieres hacerme daño, pero en realidad piensas lo mismo que todos los demás ¡Soy una gorda!‒ y se fue corriendo a su habitación. Me quedé sin su abrazo plantada en medio del salón.
¿Qué debería hacer? ¿Ponerla a dieta y enseñarle toda la basura del juego al que se enfrenta en esta sociedad en la que vive, ésa en la que no te aceptarán si no eres divina y pasas al menos tres horas al día cuidando tu imagen? ¿Explicarle que debe renovar su vestuario cada temporada, y no repetir vestido en ningún evento; y que su nariz y sus dientes tendrán que pasar por el taller tarde o temprano?
Que cuando sea mayor y aunque haya conseguido ser directora de una gran compañía estará expuesta a preguntas del tipo: ¿Cuántos hijos tiene?, que lleva implícito un: ha tenido que desatenderlos seguro. Porque a ningún directivo varón le hacen esas preguntas, ni aparece en su trayectoria profesional un: está casado y tiene tantos hijos. Ni miran si repitió traje o la marca de sus zapatos.
Decididamente no pienso invertir ni un duro en toda esa pantomima. No la voy a apuntar a clases extraescolares de maquillaje y estilo. En cambio, lo que sí haré es gastar hasta la última gota de mi energía en fortalecer su autoestima y en una buena educación. Si todo el dinero que gastamos en cremas lo invirtiéramos en la educación de nuestros hijos y en la nuestra propia otro gallo nos cantaría.
¿Y ustedes qué van a hacer?
Me lancé siguiendo el eco de sus pasos, abrí la puerta que segundos antes se había cerrado de un portazo y le dije con el dedo índice levantado hacia ella:
‒ ¡Una cosa te voy a decir y quiero que te quede muy clarito! Me da igual como seas, si eres gorda o flaca, si eres alta o baja, si te crece una nariz gigante o caminas arrastrando un pie. Porque te quiero tal y como eres, por todo lo que llevas dentro, pues esa es la verdadera belleza, la interior. Y si los demás no se dan cuenta, lo que debes sentir es lástima por ellos, no por ti. Tú eres grande hija mía, y grandes cosas hay esperando para ti. ¡Deseo que seas feliz, no permitas que te la roben esos feos comentarios!
Los que no persiguen la felicidad, no entienden la vida.

Eva Violán

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