Eva Violán

CRÓNICA DE UNA CUBA ANUNCIADA

Crónica de una Cuba anunciada:

Todo empezó con el “arroz a la cubana”, habitual en las mesas canarias, que consiste en un plato combinado de arroz blanco, huevos fritos, papas fritas y plátanos también fritos. Posiblemente la primera conversación que tuve con un cubano fue que adoraba ese plato, y luego llegó mi sorpresa: no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. Até cabos, y deduje que vendría del mismo sitio que la “ensaladilla rusa” o el “pan francés” que era una suerte de pan duro cortado en tacos que le poníamos a la leche cuando no había galletas. De esa forma Cuba me anunció el origen del marketing.

Allí estuvo Cuba cuando me tuvieron que intervenir, una vez dentro del quirófano todo el personal que me atendió hablaba con ese acento y pensé: ¿pero no era al revés, no era Cuba la que estaba intervenida?. Pues no, era yo. Cuba me durmió no sin antes invitarme a imaginar una de esas playas azul turquesa para el viaje anestésico.

Cuba cuidó de mis abuelos hasta el final de sus días por dos familias que se turnaban de seis en seis meses para no perder sus casas allí; Cuba está en mis recuerdos porque la banda sonora del Jaguar verde llevaba puntos cubanos, sones, guarachas y guajiras.

Hoy Cuba se viste con la ropa que llega en las maletas de familias que viven a media pensión entre los dos países, como antaño Canarias se vistió con la tela de algodón de los sacos de azúcar blanca que se importaba de allá; hoy Cuba me cura cuando enfermo en otra isla a miles de kilómetros, aquí. Cuba es mi médico de familia.

Cuando Cuba me sacó a bailar, hasta entonces creía que una de mis virtudes era moverme bien, pero no contaba con sus caderas, la sonrisa que mostraba todos sus dientes en perfecta formación deseé que fuera por empatía y no por mi torpeza a su lado. Aquel día perdí una virtud de un plumazo o más bien pudiera decirse de una salsa.

Cuba me abraza cuando voy a Madrid; Cuba diseña muebles y espacios en un garaje de Tenerife cuando termina su jornada de pintor y albañil. Cuba esboza residencias hasta que le llegue la suya.

No hay bodas sin habanos, ni fiestas de blanco sin mojitos. Cuba es azúcar por culpa de Celia Cruz, ni mucho menos por sus dulces cultivos. Y “Asssúcarrrrr” es Carnaval.

No habré paseado por su Malecón, ni habré entrado en la Bodeguita del Medio pero la isla me recorre cada día. Una Cuba a la vuelta de la esquina, anunciada porque nunca estuve allí. Una Cuba hermana, llena de primos y nietos, una que espero conocer algún día como ella me conoce a mí. Lo veo, me veo bajo la sombra de una palma con piña colada en mano.

Cuba es mi moraleja: todo es tan posible como las ganas que tengas de hacerlo realidad.
Es entonces cuando el Océano Atlántico le da un beso en la mejilla al Mar de Las Antillas.

Texto publicado en el número 1 de la revista Aché, acheplus.com en 2015

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